A pesar de tener constancia de la increíble repostería holandesa, no conocía aún ningún lugar de referencia. Así que eché mano a mis amigos croatas Jure y Neven (otro día contaré la historia de cuando me convertí en Marko Vukovic), auténticos gourmets.
Cerca de su casa, en Choorstraat, existe una pastelería que data de 1796. Pasar por delante del escaparate es un ejercicio de autocontrol. Las tartas son espectaculares, pero además hacen todo tipo de panes (centeno, trigo, semillas).
En el grupo somos unos treinta y tantos, así que me aconsejaron que comprara dos tartas. Yo me dejé en manos de mis croatas, que escogieran a su gusto, ya que abusando de su confianza les había pedido que me las trajeran por las mañana (lo que me faltaba era no pagárselas). La primera tarta era de arándanos, con una base de bizcocho, crema pastelera, crema de arándanos, nata y arándanos, muy a la altura de las tartas de la tía Betty. La segunda era igual, pero llevaba canela y arroz con leche en lugar de arándanos. ¡ESPECTACULAR!
Por la mañana mandamos un correo convocando a la gente a las diez y media. Y allí apareció gente de todos lados. Gente a las que ni conocía y venían a felicitarme (o quizás venían por la tarta, ahora que lo pienso). En cualquier caso la experiencia fue bastante curiosa.
El día del cumpleaños lo pasé trabajando, preparando la charla que tenía en un par de días. Pero bueno, al menos tuve regalito de mis padres, que me hizo el día más agradable.
Bueno, que las tartas estaban muy ricas y que la gente se portó de diez, pero el año que viene, intentaremos celebrar los treinta con un pedazo de barbacoa en Sevilla.




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