La semana pasada estuve viendo las posibilidades que hay en Delft para echar unas pachanguitas y hacer más llevadera la distancia. Además, como reza el refrán, mens sana in corpore sano. Sin embargo, no fue una tarea fácil ya que, al parecer, en Delft se suele jugar por sociedades (una sociedad puede tener hasta diez equipos, y todos compiten bajo el mismo nombre).
Así que estuve preguntando a los compañeros de la oficina y me comentaron que todos los sábados se reúnen a jugar una pachanga una combinación bastante llamativa: turcos y vietnamitas. Según me cuentan, la gran mayoría de ellos, trabajan para una organización del agua de la Unesco. Ahí comienza la relación de todo, que termina de una forma previsible: en Turquía les apasiona el fútbol y, al parecer, en Vietnam también.
Total, con mis calzonas adidas y mi sudadera de Gizmo me fui hasta los campos de fútbol de la Universidad (tiene unas instalaciones deportivas geniales, especialmente el Pub). La mayoría de los campos son de césped natural, aunque los hay de césped artificial (supongo que para hockey y lacrosse). Me habían citado a las dos de la tarde, aunque más bien parecía horario de almuerzo. Sin embargo las canchas estaban todas ocupadas.
A partir de las tres de la tarde comenzaron a llegar uno a uno los convocados para el partido, que podría haberse llamado Champions for Asia si lo hubiese apadrinado Kanouté. Reparto de equipaciones y como no podía ser de otra forma, tal y como os lo imagináis, yo jugaba con los vietnamitas.
Lo cierto es que echamos un buen rato, hasta que empecé a cansarme. Los muy mamones me tuvieron dos horas y media corriendo sin parar: primero porque los vietnamitas son muy inquietos y segundo, porque prefería echar el higadillo por la boca a quedarme quieto y morirme de frío.
El resultado es lo de menos (ya, ya, ya, eso es lo que suelen decir los perdedores). Lo mejor es que entre esos hooligans turcos y esas criaturitas vietnamitas, me sentí uno más. Tan diferente pero en el fondo, supongo, tan parecidos.
P.D.: al día siguiente no me podía mover de las agujetas que tenía.
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